
En los desiertos
En los desiertos
hay cuerpos
que son desiertos
ellos también.
He visto esos cuerpos,
los rostros irreconocibles,
los genitales arrancados,
agujerados los diafragmas
por ametralladoras sangrantes.
Pero así muertos
no son breves,
son más grandes
que sí mismos:
son como la arena vasta,
que odia en silencio.
MULADHARA
Léeme tus poemas, cansancio
Léeme tus poemas, cansancio,
haz tu genocidio.
Escribamos este gemido en acumulación,
a cuatro manos.
Comparte conmigo tu pan
de diecisiete septiembres.
Soy –he sido siempre–
el heredero,
el puntual heredero,
el hombre que mira hacia arriba
y hay un piano obeso de carne,
descendiendo con sus emanaciones,
directo sobre mí.
Me formo
con los cien músculos
y los cien músculos te forman todos a vos,
y somos antiguos de mirarnos,
de mirar el brazo que se duerme,
a la hora fugaz del pecho.
Léeme tus poemas, cansancio,
haz tu genocidio.
Petición del insomne
Te daré uno de mis castillos
de hojas de afeitar,
si consigues hacerme dormir.
Te daré mi machete más largo,
si sacas de mí el áspid
y lo llevas por favor
al patio de atrás.
Te daré mis labios,
si que me quitas de una vez las uñas.
En cuanto a la vida,
era vibrante,
nunca daba para las facturas,
pero Dios mío vibraba,
como un Sagrado Consolador Eléctrico.
Gracias le dábamos a la vida,
y las Sillas Cantantes
cantaban a los Culos Cantantes
que se sentaban en ellas.
Pero luego vino la Era Oscura,
la Era de las Pastillas, una Carnicería.
Dime: ¿me ayudarás a dormir,
aún sobre este cementerio
de botellas rotas,
aún sobre esta continuidad de gallinas
lentamente histéricas?
Y otra cosa: ¿me darás
la promesa de un despertar?
Mira que tengo todas mis esperanzas
puestas en tu persona.
Ven, abrázame, lo necesito.
No me dejes ir.
No me dejes no cerrar los ojos.
Llévame al mañana.
Agonía del Tetrarca
Le llevaremos
osos de peluche al Tetrarca.
Comeremos helados
en su lecho de muerte.
Jugaremos Playstation
hasta el día de la Resurrección.
Para que entienda
que todo era una mentira,
un teatro verdoso
con actores verdosos
(largas cabelleras verdosas)
(poetas gravemente verdosos).
Tiene el Tetrarca
un rictus de indignación
en su cara hecha de símbolos
amargos, pero no el poder
de hacernos daño
(acaso nunca lo tuvo),
y al fin de cuentas
nosotros somos el Pueblo,
y hemos venido a desmembrar
al Caudillo.
De hecho,
ha llegado la hora:
tierna luz naranja crepuscular;
un silencio admonitorio;
y esa mirada de pánico del anciano.
No pánico, no miedo
a nosotros
(nunca lo tuvo)
sino miedo a la muerte
pura, sin escenario,
que lo espera del otro lado
de los jardines.
Miedo a capitular
entre las cornisas
de su hígado geométrico,
entre sus células de plástico.
(Qué solos, qué tontos y patéticos
nos sentimos todos viendo al Tetrarca,
de pronto.)
El muerto en la tina
Soltarlo todo
y todo ya soltarlo,
entrar en el mes largo
de las verdades a medias,
las verdades empaquetadas
en medusas blandas.
Tocar, por una vez,
al muerto en la tina,
que genera miel
por sus orificios,
y dice cosas titubeando.
Dar y lamer
sin funcionalidad,
sólo dar y lamer,
porque las horas son eso.
Lo blanco y lo negro
No mientas;
tú que colapsas,
no mientas.
Pon atención:
los relojes
consigo llevan
el olor de un páncreas.
Lo blanco y lo negro
es refugio de cobardes.
El pájaro
A veces
me da
por pensar
que mi nariz es
un pájaro.
No un pájaro,
sino la estructura
ósea de un pájaro,
el esqueleto
si quieren
de un pájaro
que ha dejado
de respirar
y por el cual
a veces
yo respiro
la muerte.
El corazón
El corazón.
Es leal y no sabe
qué cosa es un ojo.
No ve.
Sólo ama la sangre.
Muy negra, muy devotamente,
ama la sangre.
Sol de carne
cuajado en el pecho.
Hay el día en que la madre muere
Hay el día en que la madre muere.
Hay el día para el vuelco
patológico de todos los dados.
Hay el día–caja.
Hay el día de los pájaros
que migran borroides, sin hígado.
Hay el día en que la madre muere:
debajo de una lechuza,
entrelazada con lo plástico.
Somos membrana, los cuchillos gravitan.
Hay el día lacerante.
Hay la laceración.
Habrán lacerados,
plañendo a la Progenitora,
que se convertirá en comida
–para cientos de gusanas.
Prisas
Pronto.
Es preciso apurarse:
nuestro mundo cambia.
La piel metálica de los insectos
está cambiando,
el color de la madera
está cambiando,
el modo en que nos morimos
está cambiando,
y también la cita
de nuestras respiraciones.
Cambia el vestíbulo de tu risa,
cambian los objetos pardos del mar.
Los niños, el crucifijo
que otras constelaciones han besado.
Cambian tus pies,
vestigios de lo que transcurre.
Es distinta esta vez la conclusión del relámpago.
Ya olvidamos
la canción de los no nacidos.
Me hablan los talvez muertos
Me hablan los talvez muertos.
Los talvez muertos,
los quizá entacuchados,
me susurran sus baladas insensibles.
Con los talvez muertos
abrimos moradas botellas de vino,
al sonido de las últimos palomas.
Ellos que ya no miran horizontes,
pero en cambio hablan de vagos intersticios
en el corazón de la materia.
En verdad los únicos amigos
son los talvez muertos, los únicos,
los ausentes ejemplares.
SWADHISTANA
Autoinmolación
De ese beso dame
que deja sangre
en los labios.
Vamos a retorcernos
a los patios de atrás.
Quemaremos páginas
como los mendigos,
y luego, levemente,
en práctica pondremos
el arte antiguo
de autoinmolarnos.
Gritarás tus cosas
de amante mártir,
y algún Cristo en forma
de octaedro vendrá
a recogernos, entre
ángeles y esfínteres.
Si has dejado de sentir
Maldita cota de malla:
¿quién la regará
con su sangre aún caliente?
Que de allí nazcan
catorce flores simultáneas,
en forma de amarillo deseo.
Lejos está el palacio,
lejos lo vivo, lejos el pan.
Es lo craneal,
es lo oxidado,
es lo neurológico
chillando, el animal magullado.
Ese viejo bibliotecario,
con sus tontas trampas de ratón.
De sus órganos disfuncionales
vienen repetidas raíces:
que van a los árboles secos.
Si has dejado de sentir,
entonces no pongas
tantas pequeñas lenguas
en las copas: nada de eso sirve.
Este día será por fin el día
en que aceptes el funeral
de tus cualidades.
¿Es que no sabes
que eres el cliente
que todas las meseras
desprecian en silencio?
La más grande tristeza
es que no conozcas
este hecho triste.
Escúchalas susurrar
con asco tu nombre:
ellas, que parecen venidas
de un jardín puramente.
En el océano de tu cansancio,
ya no queda una gota de placer.
Eres un mago muerto
–los gallos lo saben.
Dios está contento
Los clavos del Cristo
son como antenas,
por donde recibe
expansiones nodales
de placer linfático.
Lo insultan,
lo calumnian,
pero él por dentro
siente otra cosa,
un enorme gusano
de orgasmos
avanzando
geométricamente
por el ojo de las cosas,
aunque afuera
guarda ese aspecto contrito
que han perpetuado
un millón de iconografías.
Tal es la verdad del Hijo.
Es desconocida,
pero incontrovertible.
Jamás hubo mayor acto
sexual que la crucifixión.
Jamás hubo una lanza
más feliz en el costado.
Jamás hubo más Dios
menos la muerte.
Porno Tube
Oye mujer
de la pantalla
de Internet: una
criatura, algo
feo y mío
desea entrar
en tu llaga;
cucas nacen
de tu cárdeno
clítoris; eres
sucia y bizantina,
y te arqueas
mentirosamente…
Poema de amor
Dame eso suave,
déjame tocar tu antología
de arañas,
tu glándula de cardenal
en oración,
tu cántico.
Morirán los autores
si no me dejas
coleccionarte con la lengua,
clausuradamente,
hasta iluminar el patio.
A cambio te daré
mi polvo de ovni,
mi testimonio,
mi estima,
y mi café.
La Vagina
La Inimaginable.
La No Posible.
La Rendija de la Ausencia.
La Memoria Ennegrecida de la Raza.
Pussy
Sucedió: la formación de la vagina.
Esto es: se formó una vagina,
con gran teatralidad.
Poco a poco,
aparecieron vaginas por doquier:
la pared, el techo, la cocina.
Y después:
la calle, el edificio, el océano.
Vagina/espejo,
vagina/oro,
vagina/ángel,
vagina/baba,
vagina/computadora,
vagina/policía,
vagina/seno,
vagina/cerdo,
vagina/cerebro,
vagina/mendigo,
vagina/navaja.
Vagina/etcétera.
Me jalo el pellejo
A veces, por la mañana,
a veces por la tarde,
me gusta jalarme duro
el pellejo, el triste
y duro pellejo,
el de las venas tristes y duras,
por no sentir
que el mundo se encoge,
entre las ruinas y los muertos.
Empleo este viejo método
para no echarme en la esquina
a morir, en esta balsa
a ninguna parte.
Más que placer,
es tocar lo que busco,
porque todo es ya fantasma.
Si yo pudiera me cogería el televisor
Si yo pudiera me cogería el televisor,
me cogería el televisor,
si el televisor tuviera un lugar fosforescente
en donde yo pudiera meter mi casi negra verga,
créanmelo, estaría ahora mismo metiéndosela
con crueldad y con todo el desdén del mundo,
así hasta hacerlo llorar, al televisor,
hasta sacarle un millón de lágrimas televisas,
me lo cogería en la cama, en el piso, y por detrás,
obligándolo a pedir perdón por todo,
por los sitcoms, por los reality,
por CNN, y por todo.
Lo único que deseo a estas alturas de la vida
es humillar sexualmente a mi televisor,
y que aprenda a bajar la mirada.
Todo será olvido
En el cosmos
flotan las veces que hemos,
nosotros, los humanos, hecho el amor.
Es en el cosmos,
en lo oscuro,
en donde han de callar
las hojas trémulas de la carne pálida,
nuestros susurros y sus nombres,
las islas fijas del orgasmo.
Serás olvidada, mujer,
y tu madera hermosa.
Serás olvidado, hombre,
y tu gota de amor.
Todo quedará
en el invierno,
en los zaguanes.
MANIPURA
Maurice por Maurice
Maurice por Maurice,
esculpido, barrenado por Maurice,
por azar y por causa de Maurice,
arrastrado del pelo por Maurice
hasta la dimensión de los oscuros
mástiles de la muerte
en donde Maurice a veces vive,
pulmonarmente,
tan tierno cuando grita,
tan Maurice y desamparado
ante los dos toros de la medianoche,
helos los dos, allí dorados y sangrientos,
Maurice por Maurice,
siempre y no siempre.
Ni aquél ni el otro
Soy yo;
ni aquél,
ni el otro,
sino yo quien
llora y se reprime,
y debe moverse
a otra habitación
en donde una serpiente
con forma de ira
o de llanto me espera,
vieja y circular,
para mirarme toser.
El Borde
De éste y de aquel lado
todos aseguran que existe un Borde,
una monotonía,
un pánico lento
que separa a los hombres.
Lo menciono ahora
y sin embargo
nunca de hecho
lo he visto.
Pero me gustaría verlo,
sin duda,
porque todo el mundo
habla de ese Borde
con tanta insistencia
que incluso empiezo a sentirme
ligeramente acomplejado.
“Cuidado con el Borde”,
advierten las madres
a los recién nacidos.
“Es una serpiente;
un hechizo en el desierto.”
“Lo mejor es que cada cual
permanezca de su lado del Borde”.
“Que no se vaya a enojar el Borde”, añaden.
En los desiertos
hay cuerpos
que son desiertos
ellos también.
He visto esos cuerpos,
los rostros irreconocibles,
los genitales arrancados,
agujerados los diafragmas
por ametralladoras sangrantes.
Pero así muertos
no son breves,
son más grandes
que sí mismos:
son como la arena vasta,
que odia en silencio.
MULADHARA
Léeme tus poemas, cansancio
Léeme tus poemas, cansancio,
haz tu genocidio.
Escribamos este gemido en acumulación,
a cuatro manos.
Comparte conmigo tu pan
de diecisiete septiembres.
Soy –he sido siempre–
el heredero,
el puntual heredero,
el hombre que mira hacia arriba
y hay un piano obeso de carne,
descendiendo con sus emanaciones,
directo sobre mí.
Me formo
con los cien músculos
y los cien músculos te forman todos a vos,
y somos antiguos de mirarnos,
de mirar el brazo que se duerme,
a la hora fugaz del pecho.
Léeme tus poemas, cansancio,
haz tu genocidio.
Petición del insomne
Te daré uno de mis castillos
de hojas de afeitar,
si consigues hacerme dormir.
Te daré mi machete más largo,
si sacas de mí el áspid
y lo llevas por favor
al patio de atrás.
Te daré mis labios,
si que me quitas de una vez las uñas.
En cuanto a la vida,
era vibrante,
nunca daba para las facturas,
pero Dios mío vibraba,
como un Sagrado Consolador Eléctrico.
Gracias le dábamos a la vida,
y las Sillas Cantantes
cantaban a los Culos Cantantes
que se sentaban en ellas.
Pero luego vino la Era Oscura,
la Era de las Pastillas, una Carnicería.
Dime: ¿me ayudarás a dormir,
aún sobre este cementerio
de botellas rotas,
aún sobre esta continuidad de gallinas
lentamente histéricas?
Y otra cosa: ¿me darás
la promesa de un despertar?
Mira que tengo todas mis esperanzas
puestas en tu persona.
Ven, abrázame, lo necesito.
No me dejes ir.
No me dejes no cerrar los ojos.
Llévame al mañana.
Agonía del Tetrarca
Le llevaremos
osos de peluche al Tetrarca.
Comeremos helados
en su lecho de muerte.
Jugaremos Playstation
hasta el día de la Resurrección.
Para que entienda
que todo era una mentira,
un teatro verdoso
con actores verdosos
(largas cabelleras verdosas)
(poetas gravemente verdosos).
Tiene el Tetrarca
un rictus de indignación
en su cara hecha de símbolos
amargos, pero no el poder
de hacernos daño
(acaso nunca lo tuvo),
y al fin de cuentas
nosotros somos el Pueblo,
y hemos venido a desmembrar
al Caudillo.
De hecho,
ha llegado la hora:
tierna luz naranja crepuscular;
un silencio admonitorio;
y esa mirada de pánico del anciano.
No pánico, no miedo
a nosotros
(nunca lo tuvo)
sino miedo a la muerte
pura, sin escenario,
que lo espera del otro lado
de los jardines.
Miedo a capitular
entre las cornisas
de su hígado geométrico,
entre sus células de plástico.
(Qué solos, qué tontos y patéticos
nos sentimos todos viendo al Tetrarca,
de pronto.)
El muerto en la tina
Soltarlo todo
y todo ya soltarlo,
entrar en el mes largo
de las verdades a medias,
las verdades empaquetadas
en medusas blandas.
Tocar, por una vez,
al muerto en la tina,
que genera miel
por sus orificios,
y dice cosas titubeando.
Dar y lamer
sin funcionalidad,
sólo dar y lamer,
porque las horas son eso.
Lo blanco y lo negro
No mientas;
tú que colapsas,
no mientas.
Pon atención:
los relojes
consigo llevan
el olor de un páncreas.
Lo blanco y lo negro
es refugio de cobardes.
El pájaro
A veces
me da
por pensar
que mi nariz es
un pájaro.
No un pájaro,
sino la estructura
ósea de un pájaro,
el esqueleto
si quieren
de un pájaro
que ha dejado
de respirar
y por el cual
a veces
yo respiro
la muerte.
El corazón
El corazón.
Es leal y no sabe
qué cosa es un ojo.
No ve.
Sólo ama la sangre.
Muy negra, muy devotamente,
ama la sangre.
Sol de carne
cuajado en el pecho.
Hay el día en que la madre muere
Hay el día en que la madre muere.
Hay el día para el vuelco
patológico de todos los dados.
Hay el día–caja.
Hay el día de los pájaros
que migran borroides, sin hígado.
Hay el día en que la madre muere:
debajo de una lechuza,
entrelazada con lo plástico.
Somos membrana, los cuchillos gravitan.
Hay el día lacerante.
Hay la laceración.
Habrán lacerados,
plañendo a la Progenitora,
que se convertirá en comida
–para cientos de gusanas.
Prisas
Pronto.
Es preciso apurarse:
nuestro mundo cambia.
La piel metálica de los insectos
está cambiando,
el color de la madera
está cambiando,
el modo en que nos morimos
está cambiando,
y también la cita
de nuestras respiraciones.
Cambia el vestíbulo de tu risa,
cambian los objetos pardos del mar.
Los niños, el crucifijo
que otras constelaciones han besado.
Cambian tus pies,
vestigios de lo que transcurre.
Es distinta esta vez la conclusión del relámpago.
Ya olvidamos
la canción de los no nacidos.
Me hablan los talvez muertos
Me hablan los talvez muertos.
Los talvez muertos,
los quizá entacuchados,
me susurran sus baladas insensibles.
Con los talvez muertos
abrimos moradas botellas de vino,
al sonido de las últimos palomas.
Ellos que ya no miran horizontes,
pero en cambio hablan de vagos intersticios
en el corazón de la materia.
En verdad los únicos amigos
son los talvez muertos, los únicos,
los ausentes ejemplares.
SWADHISTANA
Autoinmolación
De ese beso dame
que deja sangre
en los labios.
Vamos a retorcernos
a los patios de atrás.
Quemaremos páginas
como los mendigos,
y luego, levemente,
en práctica pondremos
el arte antiguo
de autoinmolarnos.
Gritarás tus cosas
de amante mártir,
y algún Cristo en forma
de octaedro vendrá
a recogernos, entre
ángeles y esfínteres.
Si has dejado de sentir
Maldita cota de malla:
¿quién la regará
con su sangre aún caliente?
Que de allí nazcan
catorce flores simultáneas,
en forma de amarillo deseo.
Lejos está el palacio,
lejos lo vivo, lejos el pan.
Es lo craneal,
es lo oxidado,
es lo neurológico
chillando, el animal magullado.
Ese viejo bibliotecario,
con sus tontas trampas de ratón.
De sus órganos disfuncionales
vienen repetidas raíces:
que van a los árboles secos.
Si has dejado de sentir,
entonces no pongas
tantas pequeñas lenguas
en las copas: nada de eso sirve.
Este día será por fin el día
en que aceptes el funeral
de tus cualidades.
¿Es que no sabes
que eres el cliente
que todas las meseras
desprecian en silencio?
La más grande tristeza
es que no conozcas
este hecho triste.
Escúchalas susurrar
con asco tu nombre:
ellas, que parecen venidas
de un jardín puramente.
En el océano de tu cansancio,
ya no queda una gota de placer.
Eres un mago muerto
–los gallos lo saben.
Dios está contento
Los clavos del Cristo
son como antenas,
por donde recibe
expansiones nodales
de placer linfático.
Lo insultan,
lo calumnian,
pero él por dentro
siente otra cosa,
un enorme gusano
de orgasmos
avanzando
geométricamente
por el ojo de las cosas,
aunque afuera
guarda ese aspecto contrito
que han perpetuado
un millón de iconografías.
Tal es la verdad del Hijo.
Es desconocida,
pero incontrovertible.
Jamás hubo mayor acto
sexual que la crucifixión.
Jamás hubo una lanza
más feliz en el costado.
Jamás hubo más Dios
menos la muerte.
Porno Tube
Oye mujer
de la pantalla
de Internet: una
criatura, algo
feo y mío
desea entrar
en tu llaga;
cucas nacen
de tu cárdeno
clítoris; eres
sucia y bizantina,
y te arqueas
mentirosamente…
Poema de amor
Dame eso suave,
déjame tocar tu antología
de arañas,
tu glándula de cardenal
en oración,
tu cántico.
Morirán los autores
si no me dejas
coleccionarte con la lengua,
clausuradamente,
hasta iluminar el patio.
A cambio te daré
mi polvo de ovni,
mi testimonio,
mi estima,
y mi café.
La Vagina
La Inimaginable.
La No Posible.
La Rendija de la Ausencia.
La Memoria Ennegrecida de la Raza.
Pussy
Sucedió: la formación de la vagina.
Esto es: se formó una vagina,
con gran teatralidad.
Poco a poco,
aparecieron vaginas por doquier:
la pared, el techo, la cocina.
Y después:
la calle, el edificio, el océano.
Vagina/espejo,
vagina/oro,
vagina/ángel,
vagina/baba,
vagina/computadora,
vagina/policía,
vagina/seno,
vagina/cerdo,
vagina/cerebro,
vagina/mendigo,
vagina/navaja.
Vagina/etcétera.
Me jalo el pellejo
A veces, por la mañana,
a veces por la tarde,
me gusta jalarme duro
el pellejo, el triste
y duro pellejo,
el de las venas tristes y duras,
por no sentir
que el mundo se encoge,
entre las ruinas y los muertos.
Empleo este viejo método
para no echarme en la esquina
a morir, en esta balsa
a ninguna parte.
Más que placer,
es tocar lo que busco,
porque todo es ya fantasma.
Si yo pudiera me cogería el televisor
Si yo pudiera me cogería el televisor,
me cogería el televisor,
si el televisor tuviera un lugar fosforescente
en donde yo pudiera meter mi casi negra verga,
créanmelo, estaría ahora mismo metiéndosela
con crueldad y con todo el desdén del mundo,
así hasta hacerlo llorar, al televisor,
hasta sacarle un millón de lágrimas televisas,
me lo cogería en la cama, en el piso, y por detrás,
obligándolo a pedir perdón por todo,
por los sitcoms, por los reality,
por CNN, y por todo.
Lo único que deseo a estas alturas de la vida
es humillar sexualmente a mi televisor,
y que aprenda a bajar la mirada.
Todo será olvido
En el cosmos
flotan las veces que hemos,
nosotros, los humanos, hecho el amor.
Es en el cosmos,
en lo oscuro,
en donde han de callar
las hojas trémulas de la carne pálida,
nuestros susurros y sus nombres,
las islas fijas del orgasmo.
Serás olvidada, mujer,
y tu madera hermosa.
Serás olvidado, hombre,
y tu gota de amor.
Todo quedará
en el invierno,
en los zaguanes.
MANIPURA
Maurice por Maurice
Maurice por Maurice,
esculpido, barrenado por Maurice,
por azar y por causa de Maurice,
arrastrado del pelo por Maurice
hasta la dimensión de los oscuros
mástiles de la muerte
en donde Maurice a veces vive,
pulmonarmente,
tan tierno cuando grita,
tan Maurice y desamparado
ante los dos toros de la medianoche,
helos los dos, allí dorados y sangrientos,
Maurice por Maurice,
siempre y no siempre.
Ni aquél ni el otro
Soy yo;
ni aquél,
ni el otro,
sino yo quien
llora y se reprime,
y debe moverse
a otra habitación
en donde una serpiente
con forma de ira
o de llanto me espera,
vieja y circular,
para mirarme toser.
El Borde
De éste y de aquel lado
todos aseguran que existe un Borde,
una monotonía,
un pánico lento
que separa a los hombres.
Lo menciono ahora
y sin embargo
nunca de hecho
lo he visto.
Pero me gustaría verlo,
sin duda,
porque todo el mundo
habla de ese Borde
con tanta insistencia
que incluso empiezo a sentirme
ligeramente acomplejado.
“Cuidado con el Borde”,
advierten las madres
a los recién nacidos.
“Es una serpiente;
un hechizo en el desierto.”
“Lo mejor es que cada cual
permanezca de su lado del Borde”.
“Que no se vaya a enojar el Borde”, añaden.
El hombre sin tres esquinas
Yo soy un hombre sin tres esquinas.
El día que me quede sin la cuarta
dejaré de ser habitación,
y el día que deje de ser habitación
dejaré de ser mundo: habré muerto.
Viviré en ajenas hectáreas de aire,
respirando la asfixia.
El yo
El yo
es lo que lame
y sigue lamiendo.
El yo es lo que se repite,
es lo perfectamente
lunes de las cosas.
El yo se ha llenado
de la harina hepática
de lo perpetuo.
El yo sangra
irrastañable,
en su tina
se hunden
los órganos y el corazón
de un ex niño.
Qué blanca
es la mano del yo,
de no soltar mi mano.
Seguiré manejando
Seguiré manejando
este viejo carro;
admito que me gusta;
me ha llevado a tantos lados.
Seguiré manejando
por la carretera,
y vendrán los cadáveres
y vendrán las estrellas.
Seguiré siendo yo mismo;
y la noche,
que es haragana,
que nunca se mueve,
seguirá siendo ella misma.
Seguiré manejando,
hasta quedarme en la soledad
de la no–gasolina.
Las sillas
Hay que aprender
de la piedra
el oficio de ser piedra.
El oficio de la petrificación.
Hay que quedarse quieto
en el puño de la vida.
Total, el movimiento
no es otra cosa
que la ilusión
de las calzadas.
Recuerda
que ya durante el desayuno
te estaban comiendo
los gusanos,
y fueron los espantos
quienes te dieron
los buenos días.
La desgracia es no saberse silla.
Dios nos ha dado la facultad
de ser sillas.
En una silla Dios se sienta
por las noches,
frente al fuego
–que lo quema todo.
El más lento
Llego demasiado tarde.
Soy demasiado lento.
El que menos insiste.
El que canta hacia atrás.
Mi sola elegancia:
aburrir a las arañas.
De todos los pacientes:
el invisible.
Nunca nadie me da la hora.
El nombre
¿Te has puesto a pensar
alguna vez
en esta verdad sombría:
que tu nombre
vivirá más que tú,
te sobrevivirá,
cuando tus tendones, próstata, alvéolos,
no sean ya tendones, próstata, alvéolos,
sino rigurosamente muerte,
rigurosa célula blanca de gusano?
Tu nombre aún estará allí,
perfecto, como un cristal,
riéndose de su ex dueño. Ay.
Aquí arriba, aquí solo
Es una cuestión de subirse
al escenario y decir:
me duele mi padre,
me duele mi lóbulo frontal,
me duele mi espejo,
me duele mi laptop,
me duele mi trayecto al trabajo,
estoy fatigado de autolamerme,
por las noches,
procedo de la tierra
y de las partículas de metal,
y en cuanto a mis manos,
se pudren de no tocar
algo más resistente que la nada.
Tengo miedo en las encías,
miedo de tomar café,
miedo de mear,
hace treinta años que no tomo vacaciones,
ese mueble me mira con cierto reproche,
así de seco me siento,
así de nadie,
y hoy por la noche quiero
que ustedes se desnuden conmigo,
porque de lo contrario
me sentiré ridículo,
aquí arriba, aquí solo, y sin dientes.
Anahata
No pienses ni por un instante que eres uno
No pienses ni por un instante que eres
uno, porque entonces olvidas al oblicuo,
al otro hombre que eres
y que come de tus actos,
elemento de todas tus sangres
y puerta de tu sombra,
con sus cuatro bocas que son dos y un ojo,
en la noche.
Helo allí, devorando tu pecho
parpadeante mientras haces cola
en los blancos supermercados,
surgido mientras ves aplacado la televisión,
o nacido del modo en que te lavas angustiado los dientes.
Escucha: un día no serás tú quien vaya otra vez
por la ciudad: será él,
y no será la paloma la que vaya entonces volando:
será la otra, y los entierros ya no serán
los nuestros, y los gritos serán terceros,
y el lucido alcohol habrá muerto
para un alcohol enajenado.
Y lo mismo dará que yo te lo diga,
porque yo también habré sido por entero secuestrado,
celularmente, por esa criatura con mi rostro,
que ahora cabal me está robando las palabras
con que escribo este irreconocible poema.
Las hormigas no desvían su ruta
Comercian,
son ciegas
y comercian.
No saben cuál
es la distancia
precisa que separa
a un individuo
de su defecto principal,
o que en el horizonte
dos aves
se confunden
o se borran.
Comercian con talento
pues lo han hecho mil veces,
desde una rabia equidistante
y controlada.
Las hormigas no desvían su ruta cenital.
Salen al sol,
sigilosamente,
sin que el demonio y el tedio
se den cuenta.
Hay personas que tosen
Hay personas que tosen,
que se equivocan tosiendo,
que no tienen la culpa de toser.
Personas así, personas vencidas,
viendo el sol pero sin verlo,
por más que abren los ojos,
los tienen cosidos.
No saben.
No sienten.
Pobres, porque jamás el canto
de la fábula quiso tocarlos.
No saben.
No traducen.
No son recuperables.
No tienen la culpa de toser.
Pero tosen.
El odio y el amor
Cuidas tu odio,
tu tan enfermo odio,
lo llevas en silla de ruedas,
lo sacas a ver el sol,
y de tanto cuidarlo,
un día tu odio
se vuelve tu amor,
y es él quien a ti te lleva,
y eres tú en la silla de ruedas,
eres tú quién se está muriendo.
Las dos miradas
Uno es espectador,
uno mira
la corta vida
de alguien más,
y ese alguien más
es espectador,
de nuestra vida corta
a su vez testigo,
pero a veces su mirada
y la nuestra
se encuentran,
y eso que se forma
del encuentro
de las dos miradas
carece de duración,
y no se extingue,
de allí que el secreto
de la inmortalidad
consiste en ver
a los hombres a los ojos.
A manera de comentario
A manera de comentario,
diré que ayer todas las miradas resecas
de mis prójimos
cayeron factualmente sobre mí,
cayeron los sinembargos sucesivos
sobre el cuerpo hecho de guayabas
pisoteadas, y de este caer
las mujeres–orquídeas–cuchillos
y los hombres–guitarras–lagartos
se sienten muy satisfechos.
Los ladrones
Roban, robamos,
y el niño: él también roba.
No te asustes.
Tú robas, tú haces lo sucio
en lo seco del ano que está
detrás de la refri, a veces.
Todos usan guantes,
entierran muertos
en sus horas libres.
Todos robamos,
nos ponemos de rodillas
frente a los espejos bermejos,
esos altos espejos.
No existe lo sobrante,
pues todo ha sido saqueado
por profesionales
de aspecto televisivo,
bajo la mirada hosca
del poderoso monarca.
A las mujeres
se les arranca las túnicas,
se les viola con desprecio,
las calaveras rodando al oriente…
Aparte el viejo gato del templo,
todos están en el parque
de atracciones, encolerizados,
silenciosos: algo planean.
Tus enemigos
No puedes tocar las costillas de todos ellos,
tus enemigos,
sus asquerosos cuerpos huesudos,
y hacerlos desaparecer, borrarlos por arte de magia.
Eso sí que es locura.
Tus enemigos, sus manos amarillas,
es lo que hay para siempre,
y por fin debes aceptar
que eres como un murciélago sin alas
cubierto por los pellejos de ellos, tus enemigos,
más viscoso,
más triste así luchando,
más solo y más enemigo por odiar solamente,
por odiarlos a ellos, tus enemigos.
Tú eres el enemigo.
Y la noche la carne de tu osamenta.
Toquémonos el hígado
El hombre no tiene medicina.
Carece de prosas para la decencia.
La decencia es un espacio así de chiquito,
amarillo, cochambroso, estos días.
Toquémonos el hígado, por favor,
ni mañana ni pasado: ahora
mismo, el hígado blanco:
sintamos lo indocto, lo cruel:
tocar de nuevo: ser el vecino de alguien.
Los calaveras. Los loboides. Nosotros.
No damos nunca espejos.
No damos nunca espejos.
En esta acuchillazón colectiva,
quedará lo más técnico: los huesos:
bellos, y sin embargo nadie para verlos.
Buenasnoches
Hay que recogerlo.
Decirle:
buenasnoches,
muérete ya,
te damos permiso.
Y luego rellenarlo
con los viejos pergaminos,
las viejas fórmulas,
las consignas
que a veces sirvieron,
todo adentro,
así quemarlo.
La tierra quedará azul.
Allí plantaremos el árbol.
Pronto. Vengan a ver.
Un nuevo amor,
un algo entre las cosas.
VISHUDDI
Ars poetica
La palabra es aire
que bota las mesas
de las cantinas,
desnuda
a las nueve
huérfanas,
acuchilla las voces
de la noche,
roba el cáliz
al ciego,
en el pecho
del apenas nacido
clava su verde cuchara,
y se ríe de todo cielo,
más allá de los edificios.
La poesía es un dulce
pañuelo ensangrentado,
sobre la acera fría
de la medianoche.
Angustia metafísica del poeta
El gran dolor–pregunta
del poeta:
cuando morimos,
¿nos llevamos
con nosotros el lenguaje?
¿o se queda éste
con las cosas:
los carros, paredes,
las calles duras,
los chuchos atropellados,
la tele?
Asesinato en el cuarto de atrás
En el cuarto
del fondo
estaba el cuerpo:
una bella palabra
tetrasílaba,
joven,
esdrújula,
levemente poética:
la habían degollado,
y vaciado,
minuciosamente,
de sus órganos.
El mendigo
No conozco otra vida que ésta
y no crea Vd. que no lo he intentado.
Me mira Vd. con ojos saltones
y atónitos, piensa que le estoy mintiendo, talvez.
Está bien.
Pero lo que le digo es la verdad.
Muchas veces he querido ser centinela.
Pero soy mendigo.
Voy recogiendo en los basureros de la ciudad
un poco de poesía, unos cuántos pájaros
tiesos y no geométricos.
Los últimos chillidos de la noche
son siempre los míos.
El arte pide sangre
El arte no consulta con la seda.
El arte es seda,
pero no consulta con la seda.
El arte pide sangre
cuando se rompe en tres.
Digamos que el tercio dominante del arte
se encierra en su propia infamante absurdidad.
Otras dos terceras partes son:
1) el placer subjetivo de escribir;
2) el placer público de escribir.
Pero la primera tercera parte es más fuerte
que las otras dos,
y en ella deberá situar el artista a su Enemigo Increíble.
Es cuando uno pregunta: ¿por qué escribir…?
A tal interrogación se llega luego de perforar
varias capas de nihilismo.
Debajo de todo ese cimiente está la nada cruda,
la ausencia de sentido, la escritura como torpeza radical,
y finalmente, el talento.
Te vi tocar la guitarra, mujer
Te vi tocar la guitarra, mujer,
cantabas y escarbabas la tierra
en busca de los blancos gusanos,
se acercaron los ángeles a merecerte.
Te vi tocar la guitarra, mujer,
desaparecieron 50,000 kilómetros cuadrados
de la faz de la tierra,
de los volcanes rodaron perlas negras,
y a la vecina se le cayeron enteros los dientes.
Te vi autonacer,
te vi tocar la guitarra, mujer,
y casi muriendo nos diste la sílaba maldita.
Algo cabal nos mostraste,
algo mucho más justo que el ayer.
Los escritores pierden
Los escritores pierden.
Pierden toda esa sangre,
fracasan, continuamente.
Escriben en el calcio de las cosas,
así es como se envenenan.
Son en realidad como bolsas de basura
cayendo en la garganta
o lánguida o roja o fuliginosa
de los lenguajes.
Adiós, utilizadores de laptops,
llamen cuando lleguen,
llamen cuando arriben
al fondo del silencio.
Serán siempre dos, los escritores,
los pálidos, los baldíos escritores,
degollándose con un cuchillo:
siempre dos en el planeta, dos:
dos odiándose, como se odian las cosas
y sus nombres a veces
cuando se quedan sin posibilidad:
ustedes nadies, ustedes fracasados,
ustedes escritores.
No habrá entierro sin la poesía
Me dieron
el corazón de un gato
y no supe qué hacer con él.
No supe cortarme
la Mano que Quería Cortarme
la Mano.
Pero adentro el carbón
seguía ardiendo,
seguía ardiendo.
No habrá entierro
sin la poesía.
La esperaremos
hasta el final de los tiempos.
Saldrá de su lenta
habitación,
con grandísima dignidad,
infeliz talvez,
pero oh con ese rostro
puro, amenazador,
que le corresponde
a las Diosas bendecidas
por alguna clase
de traición.
No hace falta decir
que le pediré perdón.
Le pediré perdón
por haber cojeado
todo este tiempo.
Le mostraré
mis uñas indecorosas
para que sepa
quien ha sido el criminal aquí,
el asesino recurrente.
Y Ella me dirá:
todo lo que necesitas
de la vida
es tú llover mientras escribes,
y que afuera Junio
te insulte un poco.
Las prisiones del labio
Que se abran
las prisiones
del labio.
Ya que toda
linfa ofrezca
su huevo.
Surja
del aullido
el poema.
Noviembre
Caminar como si noviembre
no estuviera empezando,
sino estuviera ya bien avanzado,
maduro de frío y revelaciones.
Caminar como si los cuerpos
estuvieran muertos ya,
sin lenguaje, duros, durísimos.
Escribir como si ya no hubiera tinta
en el mundo largo sin orden,
y alguien a quien esperamos
ya nos hubiera dejado,
para siempre en lo más póstumo
de las calles, estas y mías calles.
AJNA
Mi corazón revolucionario
El corazón respira, no una,
sino dos o y hasta tres veces al mismo tiempo.
Consideren que es un corazón viejo
para tales andanzas,
para tales indignaciones, para tales arrebatos,
amonestaciones,
pero él no se siente viejo.
En mi corazón nadan peces resistentes.
En mi corazón las banderas escuálidas
todavía generan tempestades.
En mi corazón hay una idea fija y un murciélago.
Mi corazón no se está quieto.
Me deja pasmado con tanta actividad:
envía mails, opina, disiente, ametralla.
Mi corazón no quiere saber nada de la próstata,
no quiere saber nada de la garganta,
no quiere saber nada de los pulmones
no quiere saber nada de comida ni de dormir,
ni se pone algo para el frío,
y está enfermo pero sigue.
Mi corazón es ideológico.
Por favor no lo distraigan.
La guitarra
Una dulce guitarra
que viene del otro lado,
que ignora la metafísica
pared, que desnuda,
blanca, y un poco herida,
me despierta, me acaricia
a lo mejor un poco.
¿Quién sin ojos
la está tocando?
Melodía después
de todos los deicidios,
traspasando la noche de hueso,
haciendo más quieto lo quieto,
y más lejano lo lejano,
dándole profundidad
a todas las cosas.
Mi pregunta es:
¿cuántos músicas así sin dueño,
doliéndonos fantasmas?
Llegado el momento
El no tener miedo
te hace hombre.
Pero el mucho miedo
te hace humano.
Llegado el momento,
hay que elegir.
Un poco, algo
Conozco mis límites,
y los detesto.
En mi propia, violenta manera
soy una criatura pensante.
De la vida sé un poco
–un poco, algo–
pero me dan miedo
los perros, y las mujeres bellas.
El morir de los libros
Para mí han de morir
los libros,
para mí las biografías,
para mí los diarios,
para mí las cosas
de los cronistas,
para mí la memoria toda,
la obscena memoria,
la gran comisión literaria.
Volvamos a lo breve,
ungido es lo breve,
ángel lo breve.
Es por medio de este segundo
que la vida nos da
su dedicatoria
fundamental.
Leer la sangre
es lo que importa.
El conjuro
De esos objetos
(caja de cereales,
celular,
Toyota SUV)
sólo diré
que alguien
ha puesto
un conjuro
en ellos
y mañana
no te extrañes,
no, no te extrañes,
si no recuerdan
tu nombre.
Trajes
Cuántos trajes me he probado ya.
Me he probado ya infinidad de trajes.
Hay trajes negros,
hay enormes trajes blancos,
hay trajes víctimas,
y hay trajes asesinos,
los hay cubiertos de confitura,
los hay perfumados,
están los teológicos,
los ululantes,
los muy primitivos,
los cubiertos de llagas,
están los viejos trajes que nadie usa,
y los que todo el mundo usa todo el tiempo,
están los trajes estatales,
y los manchados de sangre de cordero,
los trajes de cristal,
los teóricos trajes,
los querulantes y los paranoicos,
los trajes trapicheantes,
los budistas trajes,
los drogados trajes,
los trajes de poeta,
hasta los trajes desnudos.
Todos esos me he probado ya.
Me los he probado todos.
Todos menos uno.
La sombra
El hombre
–un miserable, un desequilibrado, un infeliz–
decide quitarse la vida,
y se lanza al vacío amarillo
desde la terraza de su apartamento,
en un octavo nivel.
Termina en el asfalto, hecho una sopa.
Y su sombra, desde la terraza,
observa el cadáver:
aún indecisa si tirarse ella también.
El apetito
Muerto el filósofo,
el rey –que además de rey,
era sabio– mandó a enterrarlo
en el vientre del ave carroñera,
y así perdió ésta por fin el apetito.
La duda
Lo único que tienes
es tu duda.
Dále el alma a tu duda.
Dále el alma al espinazo que se quiebra.
No pierdas el tiempo no dudando.
SAHASRARA
502
Como ustedes saben,
vivo en el 502.
Enfrente del edificio
y del otro lado de la calle
hay una sinagoga
y al lado de la sinagoga
un templo evangélico
(Poderoso Eres Señor),
y al lado del templo evangélico
un restaurante “cantonese cuisine”,
y en mi edificio viven
un resto de putas.
Mi punto es que vivo
delante de una sinagoga,
que estoy sinceramente aburrido.
Wanted
En un cuarto de hotel
tengo el cuerpo del Papa.
Lo he cortado en pedazos.
La Eternidad
me está buscando,
por el Espacio Infinito.
Debo apurarme
–o me van a encontrar.
Mi amigo el monje
Su muerte no fue nada cómoda
para ninguno de nosotros.
Ni cómica.
Y sin embargo, murió riendo.
Estábamos juntos
compartiendo el vino o la nada.
Le dije:
–¿Por qué sonríes,
qué sabes que no sabemos,
maldito perro?
No pasaron ni dos segundos
cuando respondió:
–Tengo sueño;
pero no sueño de cansancio,
sino sueño de muerte.
Entonces le dije:
–¿Por qué no duermes, entonces?
Asintió.
Sacó una pequeña pistola
de uno de los pliegues
de su aparatoso traje
(de monje realizado)
y riendo, como ya lo dije,
se pegó un tiro.
Un niño abre los ojos
Una era, un eón, y después:
un niño abre los ojos,
y es todo tan brillante o inútil, el mundo.
Y amarillento. Y fugaz. Y monárquico.
Y calcinado. Y vivo. Y esponjoso.
Resulta tan atormentador para el niño verlo todo
así de usado, tan usado,
tan nuevo, así de nuevo,
sangre sobre una oruga lenta,
pájaro sobre los mil cadáveres,
que él mismo se saca los ojos
con un desatornillador marca Philips,
a la hora sublime del crepúsculo.
Que tus lágrimas humillen a la lluvia
Que tus lágrimas
humillen a la lluvia.
Que caigan
y arranquen el secreto
a la semilla.
Que todo este dolor
que somos
sea el océano
que ordena
a los peces.
Que el llanto
tenga por lo menos
el color memorable
de la sangre.
El iluminado
Las lenguas
del delirio
lamiendo
mitológicamente
tu médula.
Afeitado. Has visto.
Lo instantáneo
es una piedra
perfecta.
Con esa piedra,
matarás a otro hombre.
Habla el Señor
El odio; la mentira.
No hallarás otra cosa.
Sólo el pequeño odio.
Sólo el grandísimo odio.
Y la mentira.
Quemándote las encías.
Quemándote las pálidas manos.
Y cada vez que me tocas, te duele.
Pero eso apenas si es mi culpa.
La gran explosión
Muchacho, aprendiz:
lo radical,
lo muyenserio
es moverse,
moverse con el movimiento
de las esquirlas
de la explosión del ahora.
La poesía es náusea,
vibrando desagradablemente,
una colección de instantes
temperamentales,
agujas en el ojo expansivo del bebé.
Lo terrible es que nunca
haya sentencia,
es que todo se mueva
moviéndose.
Según te muevas serás libre.
Tú y yo,
somos compañeros
de movimiento.
Pasan las sombras
y el ayer es arrancarse
los pelos vacíos.
Epifanía
Entonces pensé lo siguiente:
que el ser humano se movería
de su fase excrementicia–narcisista
a una nueva estación de felicidad sin límites
y amor indiscriminado.
En ese momento, fue como si los ángeles todos
se hubieran puestos juntos delante de mis ojos conmovidos.
Busqué pronto a mi alrededor,
a otros para ver si habían visto lo que yo había visto,
comprendido lo que yo había comprendido.
Un señor mortecino trapeaba el piso.
Y otro, más allá, hablaba por celular.
Bajé la mirada, avergonzado.
Pagué. Caminé hacia la puerta.
La mansión
Mansión traslúcida,
extenuándose en las horas:
realidad.
Km. 110
Llamen al forense:
perro muerto en el kilómetro 110.
¿Que no hay tal cosa
como un forense
que atiende perros muertos
en el largo insomnio
de las carreteras?
Los perros mueren solos,
se llenan de gases, y mueren solos.
No está tan mal
este perro del km. 110
como podría uno imaginarlo.
Las horas, el sol, afeitan sus colmillos.
Sus ojos obsesivos
son casi poéticos, de ya no ver.
Su pelambre brilla
como un cristal
en la esperpéntica desolación.
Pero hay moscas, hay aves
ceremoniosas volando encima
por enésima vez
de su cuerpo engarrotado,
negras aves convencidas
esperando su turno,
con toda la paciencia de la muerte.
Las rocas observan, desesperadas,
la escena: es que no aprenden a gritar, aún.
Por lo mismo no celebran
el éxtasis de los crepúsculos
demoníacos, que se tuercen
como dolorosas iguanas.
No, no hay tal cosa
como un forense atendiendo perros muertos
en las carreteras largas como lenguas secas.
Y si existe un forense
para todos esos perros abandonados
en la sed de los desiertos,
está muerto él también.
Lo han asaltado,
le han quitado los zapatos,
lo han dejado allí, desnudo, a la intemperie,
y sus familiares lo andan buscando.
El perro se pudrirá en el km. 110.
Flores nacerán de su vientre.
Yo soy un hombre sin tres esquinas.
El día que me quede sin la cuarta
dejaré de ser habitación,
y el día que deje de ser habitación
dejaré de ser mundo: habré muerto.
Viviré en ajenas hectáreas de aire,
respirando la asfixia.
El yo
El yo
es lo que lame
y sigue lamiendo.
El yo es lo que se repite,
es lo perfectamente
lunes de las cosas.
El yo se ha llenado
de la harina hepática
de lo perpetuo.
El yo sangra
irrastañable,
en su tina
se hunden
los órganos y el corazón
de un ex niño.
Qué blanca
es la mano del yo,
de no soltar mi mano.
Seguiré manejando
Seguiré manejando
este viejo carro;
admito que me gusta;
me ha llevado a tantos lados.
Seguiré manejando
por la carretera,
y vendrán los cadáveres
y vendrán las estrellas.
Seguiré siendo yo mismo;
y la noche,
que es haragana,
que nunca se mueve,
seguirá siendo ella misma.
Seguiré manejando,
hasta quedarme en la soledad
de la no–gasolina.
Las sillas
Hay que aprender
de la piedra
el oficio de ser piedra.
El oficio de la petrificación.
Hay que quedarse quieto
en el puño de la vida.
Total, el movimiento
no es otra cosa
que la ilusión
de las calzadas.
Recuerda
que ya durante el desayuno
te estaban comiendo
los gusanos,
y fueron los espantos
quienes te dieron
los buenos días.
La desgracia es no saberse silla.
Dios nos ha dado la facultad
de ser sillas.
En una silla Dios se sienta
por las noches,
frente al fuego
–que lo quema todo.
El más lento
Llego demasiado tarde.
Soy demasiado lento.
El que menos insiste.
El que canta hacia atrás.
Mi sola elegancia:
aburrir a las arañas.
De todos los pacientes:
el invisible.
Nunca nadie me da la hora.
El nombre
¿Te has puesto a pensar
alguna vez
en esta verdad sombría:
que tu nombre
vivirá más que tú,
te sobrevivirá,
cuando tus tendones, próstata, alvéolos,
no sean ya tendones, próstata, alvéolos,
sino rigurosamente muerte,
rigurosa célula blanca de gusano?
Tu nombre aún estará allí,
perfecto, como un cristal,
riéndose de su ex dueño. Ay.
Aquí arriba, aquí solo
Es una cuestión de subirse
al escenario y decir:
me duele mi padre,
me duele mi lóbulo frontal,
me duele mi espejo,
me duele mi laptop,
me duele mi trayecto al trabajo,
estoy fatigado de autolamerme,
por las noches,
procedo de la tierra
y de las partículas de metal,
y en cuanto a mis manos,
se pudren de no tocar
algo más resistente que la nada.
Tengo miedo en las encías,
miedo de tomar café,
miedo de mear,
hace treinta años que no tomo vacaciones,
ese mueble me mira con cierto reproche,
así de seco me siento,
así de nadie,
y hoy por la noche quiero
que ustedes se desnuden conmigo,
porque de lo contrario
me sentiré ridículo,
aquí arriba, aquí solo, y sin dientes.
Anahata
No pienses ni por un instante que eres uno
No pienses ni por un instante que eres
uno, porque entonces olvidas al oblicuo,
al otro hombre que eres
y que come de tus actos,
elemento de todas tus sangres
y puerta de tu sombra,
con sus cuatro bocas que son dos y un ojo,
en la noche.
Helo allí, devorando tu pecho
parpadeante mientras haces cola
en los blancos supermercados,
surgido mientras ves aplacado la televisión,
o nacido del modo en que te lavas angustiado los dientes.
Escucha: un día no serás tú quien vaya otra vez
por la ciudad: será él,
y no será la paloma la que vaya entonces volando:
será la otra, y los entierros ya no serán
los nuestros, y los gritos serán terceros,
y el lucido alcohol habrá muerto
para un alcohol enajenado.
Y lo mismo dará que yo te lo diga,
porque yo también habré sido por entero secuestrado,
celularmente, por esa criatura con mi rostro,
que ahora cabal me está robando las palabras
con que escribo este irreconocible poema.
Las hormigas no desvían su ruta
Comercian,
son ciegas
y comercian.
No saben cuál
es la distancia
precisa que separa
a un individuo
de su defecto principal,
o que en el horizonte
dos aves
se confunden
o se borran.
Comercian con talento
pues lo han hecho mil veces,
desde una rabia equidistante
y controlada.
Las hormigas no desvían su ruta cenital.
Salen al sol,
sigilosamente,
sin que el demonio y el tedio
se den cuenta.
Hay personas que tosen
Hay personas que tosen,
que se equivocan tosiendo,
que no tienen la culpa de toser.
Personas así, personas vencidas,
viendo el sol pero sin verlo,
por más que abren los ojos,
los tienen cosidos.
No saben.
No sienten.
Pobres, porque jamás el canto
de la fábula quiso tocarlos.
No saben.
No traducen.
No son recuperables.
No tienen la culpa de toser.
Pero tosen.
El odio y el amor
Cuidas tu odio,
tu tan enfermo odio,
lo llevas en silla de ruedas,
lo sacas a ver el sol,
y de tanto cuidarlo,
un día tu odio
se vuelve tu amor,
y es él quien a ti te lleva,
y eres tú en la silla de ruedas,
eres tú quién se está muriendo.
Las dos miradas
Uno es espectador,
uno mira
la corta vida
de alguien más,
y ese alguien más
es espectador,
de nuestra vida corta
a su vez testigo,
pero a veces su mirada
y la nuestra
se encuentran,
y eso que se forma
del encuentro
de las dos miradas
carece de duración,
y no se extingue,
de allí que el secreto
de la inmortalidad
consiste en ver
a los hombres a los ojos.
A manera de comentario
A manera de comentario,
diré que ayer todas las miradas resecas
de mis prójimos
cayeron factualmente sobre mí,
cayeron los sinembargos sucesivos
sobre el cuerpo hecho de guayabas
pisoteadas, y de este caer
las mujeres–orquídeas–cuchillos
y los hombres–guitarras–lagartos
se sienten muy satisfechos.
Los ladrones
Roban, robamos,
y el niño: él también roba.
No te asustes.
Tú robas, tú haces lo sucio
en lo seco del ano que está
detrás de la refri, a veces.
Todos usan guantes,
entierran muertos
en sus horas libres.
Todos robamos,
nos ponemos de rodillas
frente a los espejos bermejos,
esos altos espejos.
No existe lo sobrante,
pues todo ha sido saqueado
por profesionales
de aspecto televisivo,
bajo la mirada hosca
del poderoso monarca.
A las mujeres
se les arranca las túnicas,
se les viola con desprecio,
las calaveras rodando al oriente…
Aparte el viejo gato del templo,
todos están en el parque
de atracciones, encolerizados,
silenciosos: algo planean.
Tus enemigos
No puedes tocar las costillas de todos ellos,
tus enemigos,
sus asquerosos cuerpos huesudos,
y hacerlos desaparecer, borrarlos por arte de magia.
Eso sí que es locura.
Tus enemigos, sus manos amarillas,
es lo que hay para siempre,
y por fin debes aceptar
que eres como un murciélago sin alas
cubierto por los pellejos de ellos, tus enemigos,
más viscoso,
más triste así luchando,
más solo y más enemigo por odiar solamente,
por odiarlos a ellos, tus enemigos.
Tú eres el enemigo.
Y la noche la carne de tu osamenta.
Toquémonos el hígado
El hombre no tiene medicina.
Carece de prosas para la decencia.
La decencia es un espacio así de chiquito,
amarillo, cochambroso, estos días.
Toquémonos el hígado, por favor,
ni mañana ni pasado: ahora
mismo, el hígado blanco:
sintamos lo indocto, lo cruel:
tocar de nuevo: ser el vecino de alguien.
Los calaveras. Los loboides. Nosotros.
No damos nunca espejos.
No damos nunca espejos.
En esta acuchillazón colectiva,
quedará lo más técnico: los huesos:
bellos, y sin embargo nadie para verlos.
Buenasnoches
Hay que recogerlo.
Decirle:
buenasnoches,
muérete ya,
te damos permiso.
Y luego rellenarlo
con los viejos pergaminos,
las viejas fórmulas,
las consignas
que a veces sirvieron,
todo adentro,
así quemarlo.
La tierra quedará azul.
Allí plantaremos el árbol.
Pronto. Vengan a ver.
Un nuevo amor,
un algo entre las cosas.
VISHUDDI
Ars poetica
La palabra es aire
que bota las mesas
de las cantinas,
desnuda
a las nueve
huérfanas,
acuchilla las voces
de la noche,
roba el cáliz
al ciego,
en el pecho
del apenas nacido
clava su verde cuchara,
y se ríe de todo cielo,
más allá de los edificios.
La poesía es un dulce
pañuelo ensangrentado,
sobre la acera fría
de la medianoche.
Angustia metafísica del poeta
El gran dolor–pregunta
del poeta:
cuando morimos,
¿nos llevamos
con nosotros el lenguaje?
¿o se queda éste
con las cosas:
los carros, paredes,
las calles duras,
los chuchos atropellados,
la tele?
Asesinato en el cuarto de atrás
En el cuarto
del fondo
estaba el cuerpo:
una bella palabra
tetrasílaba,
joven,
esdrújula,
levemente poética:
la habían degollado,
y vaciado,
minuciosamente,
de sus órganos.
El mendigo
No conozco otra vida que ésta
y no crea Vd. que no lo he intentado.
Me mira Vd. con ojos saltones
y atónitos, piensa que le estoy mintiendo, talvez.
Está bien.
Pero lo que le digo es la verdad.
Muchas veces he querido ser centinela.
Pero soy mendigo.
Voy recogiendo en los basureros de la ciudad
un poco de poesía, unos cuántos pájaros
tiesos y no geométricos.
Los últimos chillidos de la noche
son siempre los míos.
El arte pide sangre
El arte no consulta con la seda.
El arte es seda,
pero no consulta con la seda.
El arte pide sangre
cuando se rompe en tres.
Digamos que el tercio dominante del arte
se encierra en su propia infamante absurdidad.
Otras dos terceras partes son:
1) el placer subjetivo de escribir;
2) el placer público de escribir.
Pero la primera tercera parte es más fuerte
que las otras dos,
y en ella deberá situar el artista a su Enemigo Increíble.
Es cuando uno pregunta: ¿por qué escribir…?
A tal interrogación se llega luego de perforar
varias capas de nihilismo.
Debajo de todo ese cimiente está la nada cruda,
la ausencia de sentido, la escritura como torpeza radical,
y finalmente, el talento.
Te vi tocar la guitarra, mujer
Te vi tocar la guitarra, mujer,
cantabas y escarbabas la tierra
en busca de los blancos gusanos,
se acercaron los ángeles a merecerte.
Te vi tocar la guitarra, mujer,
desaparecieron 50,000 kilómetros cuadrados
de la faz de la tierra,
de los volcanes rodaron perlas negras,
y a la vecina se le cayeron enteros los dientes.
Te vi autonacer,
te vi tocar la guitarra, mujer,
y casi muriendo nos diste la sílaba maldita.
Algo cabal nos mostraste,
algo mucho más justo que el ayer.
Los escritores pierden
Los escritores pierden.
Pierden toda esa sangre,
fracasan, continuamente.
Escriben en el calcio de las cosas,
así es como se envenenan.
Son en realidad como bolsas de basura
cayendo en la garganta
o lánguida o roja o fuliginosa
de los lenguajes.
Adiós, utilizadores de laptops,
llamen cuando lleguen,
llamen cuando arriben
al fondo del silencio.
Serán siempre dos, los escritores,
los pálidos, los baldíos escritores,
degollándose con un cuchillo:
siempre dos en el planeta, dos:
dos odiándose, como se odian las cosas
y sus nombres a veces
cuando se quedan sin posibilidad:
ustedes nadies, ustedes fracasados,
ustedes escritores.
No habrá entierro sin la poesía
Me dieron
el corazón de un gato
y no supe qué hacer con él.
No supe cortarme
la Mano que Quería Cortarme
la Mano.
Pero adentro el carbón
seguía ardiendo,
seguía ardiendo.
No habrá entierro
sin la poesía.
La esperaremos
hasta el final de los tiempos.
Saldrá de su lenta
habitación,
con grandísima dignidad,
infeliz talvez,
pero oh con ese rostro
puro, amenazador,
que le corresponde
a las Diosas bendecidas
por alguna clase
de traición.
No hace falta decir
que le pediré perdón.
Le pediré perdón
por haber cojeado
todo este tiempo.
Le mostraré
mis uñas indecorosas
para que sepa
quien ha sido el criminal aquí,
el asesino recurrente.
Y Ella me dirá:
todo lo que necesitas
de la vida
es tú llover mientras escribes,
y que afuera Junio
te insulte un poco.
Las prisiones del labio
Que se abran
las prisiones
del labio.
Ya que toda
linfa ofrezca
su huevo.
Surja
del aullido
el poema.
Noviembre
Caminar como si noviembre
no estuviera empezando,
sino estuviera ya bien avanzado,
maduro de frío y revelaciones.
Caminar como si los cuerpos
estuvieran muertos ya,
sin lenguaje, duros, durísimos.
Escribir como si ya no hubiera tinta
en el mundo largo sin orden,
y alguien a quien esperamos
ya nos hubiera dejado,
para siempre en lo más póstumo
de las calles, estas y mías calles.
AJNA
Mi corazón revolucionario
El corazón respira, no una,
sino dos o y hasta tres veces al mismo tiempo.
Consideren que es un corazón viejo
para tales andanzas,
para tales indignaciones, para tales arrebatos,
amonestaciones,
pero él no se siente viejo.
En mi corazón nadan peces resistentes.
En mi corazón las banderas escuálidas
todavía generan tempestades.
En mi corazón hay una idea fija y un murciélago.
Mi corazón no se está quieto.
Me deja pasmado con tanta actividad:
envía mails, opina, disiente, ametralla.
Mi corazón no quiere saber nada de la próstata,
no quiere saber nada de la garganta,
no quiere saber nada de los pulmones
no quiere saber nada de comida ni de dormir,
ni se pone algo para el frío,
y está enfermo pero sigue.
Mi corazón es ideológico.
Por favor no lo distraigan.
La guitarra
Una dulce guitarra
que viene del otro lado,
que ignora la metafísica
pared, que desnuda,
blanca, y un poco herida,
me despierta, me acaricia
a lo mejor un poco.
¿Quién sin ojos
la está tocando?
Melodía después
de todos los deicidios,
traspasando la noche de hueso,
haciendo más quieto lo quieto,
y más lejano lo lejano,
dándole profundidad
a todas las cosas.
Mi pregunta es:
¿cuántos músicas así sin dueño,
doliéndonos fantasmas?
Llegado el momento
El no tener miedo
te hace hombre.
Pero el mucho miedo
te hace humano.
Llegado el momento,
hay que elegir.
Un poco, algo
Conozco mis límites,
y los detesto.
En mi propia, violenta manera
soy una criatura pensante.
De la vida sé un poco
–un poco, algo–
pero me dan miedo
los perros, y las mujeres bellas.
El morir de los libros
Para mí han de morir
los libros,
para mí las biografías,
para mí los diarios,
para mí las cosas
de los cronistas,
para mí la memoria toda,
la obscena memoria,
la gran comisión literaria.
Volvamos a lo breve,
ungido es lo breve,
ángel lo breve.
Es por medio de este segundo
que la vida nos da
su dedicatoria
fundamental.
Leer la sangre
es lo que importa.
El conjuro
De esos objetos
(caja de cereales,
celular,
Toyota SUV)
sólo diré
que alguien
ha puesto
un conjuro
en ellos
y mañana
no te extrañes,
no, no te extrañes,
si no recuerdan
tu nombre.
Trajes
Cuántos trajes me he probado ya.
Me he probado ya infinidad de trajes.
Hay trajes negros,
hay enormes trajes blancos,
hay trajes víctimas,
y hay trajes asesinos,
los hay cubiertos de confitura,
los hay perfumados,
están los teológicos,
los ululantes,
los muy primitivos,
los cubiertos de llagas,
están los viejos trajes que nadie usa,
y los que todo el mundo usa todo el tiempo,
están los trajes estatales,
y los manchados de sangre de cordero,
los trajes de cristal,
los teóricos trajes,
los querulantes y los paranoicos,
los trajes trapicheantes,
los budistas trajes,
los drogados trajes,
los trajes de poeta,
hasta los trajes desnudos.
Todos esos me he probado ya.
Me los he probado todos.
Todos menos uno.
La sombra
El hombre
–un miserable, un desequilibrado, un infeliz–
decide quitarse la vida,
y se lanza al vacío amarillo
desde la terraza de su apartamento,
en un octavo nivel.
Termina en el asfalto, hecho una sopa.
Y su sombra, desde la terraza,
observa el cadáver:
aún indecisa si tirarse ella también.
El apetito
Muerto el filósofo,
el rey –que además de rey,
era sabio– mandó a enterrarlo
en el vientre del ave carroñera,
y así perdió ésta por fin el apetito.
La duda
Lo único que tienes
es tu duda.
Dále el alma a tu duda.
Dále el alma al espinazo que se quiebra.
No pierdas el tiempo no dudando.
SAHASRARA
502
Como ustedes saben,
vivo en el 502.
Enfrente del edificio
y del otro lado de la calle
hay una sinagoga
y al lado de la sinagoga
un templo evangélico
(Poderoso Eres Señor),
y al lado del templo evangélico
un restaurante “cantonese cuisine”,
y en mi edificio viven
un resto de putas.
Mi punto es que vivo
delante de una sinagoga,
que estoy sinceramente aburrido.
Wanted
En un cuarto de hotel
tengo el cuerpo del Papa.
Lo he cortado en pedazos.
La Eternidad
me está buscando,
por el Espacio Infinito.
Debo apurarme
–o me van a encontrar.
Mi amigo el monje
Su muerte no fue nada cómoda
para ninguno de nosotros.
Ni cómica.
Y sin embargo, murió riendo.
Estábamos juntos
compartiendo el vino o la nada.
Le dije:
–¿Por qué sonríes,
qué sabes que no sabemos,
maldito perro?
No pasaron ni dos segundos
cuando respondió:
–Tengo sueño;
pero no sueño de cansancio,
sino sueño de muerte.
Entonces le dije:
–¿Por qué no duermes, entonces?
Asintió.
Sacó una pequeña pistola
de uno de los pliegues
de su aparatoso traje
(de monje realizado)
y riendo, como ya lo dije,
se pegó un tiro.
Un niño abre los ojos
Una era, un eón, y después:
un niño abre los ojos,
y es todo tan brillante o inútil, el mundo.
Y amarillento. Y fugaz. Y monárquico.
Y calcinado. Y vivo. Y esponjoso.
Resulta tan atormentador para el niño verlo todo
así de usado, tan usado,
tan nuevo, así de nuevo,
sangre sobre una oruga lenta,
pájaro sobre los mil cadáveres,
que él mismo se saca los ojos
con un desatornillador marca Philips,
a la hora sublime del crepúsculo.
Que tus lágrimas humillen a la lluvia
Que tus lágrimas
humillen a la lluvia.
Que caigan
y arranquen el secreto
a la semilla.
Que todo este dolor
que somos
sea el océano
que ordena
a los peces.
Que el llanto
tenga por lo menos
el color memorable
de la sangre.
El iluminado
Las lenguas
del delirio
lamiendo
mitológicamente
tu médula.
Afeitado. Has visto.
Lo instantáneo
es una piedra
perfecta.
Con esa piedra,
matarás a otro hombre.
Habla el Señor
El odio; la mentira.
No hallarás otra cosa.
Sólo el pequeño odio.
Sólo el grandísimo odio.
Y la mentira.
Quemándote las encías.
Quemándote las pálidas manos.
Y cada vez que me tocas, te duele.
Pero eso apenas si es mi culpa.
La gran explosión
Muchacho, aprendiz:
lo radical,
lo muyenserio
es moverse,
moverse con el movimiento
de las esquirlas
de la explosión del ahora.
La poesía es náusea,
vibrando desagradablemente,
una colección de instantes
temperamentales,
agujas en el ojo expansivo del bebé.
Lo terrible es que nunca
haya sentencia,
es que todo se mueva
moviéndose.
Según te muevas serás libre.
Tú y yo,
somos compañeros
de movimiento.
Pasan las sombras
y el ayer es arrancarse
los pelos vacíos.
Epifanía
Entonces pensé lo siguiente:
que el ser humano se movería
de su fase excrementicia–narcisista
a una nueva estación de felicidad sin límites
y amor indiscriminado.
En ese momento, fue como si los ángeles todos
se hubieran puestos juntos delante de mis ojos conmovidos.
Busqué pronto a mi alrededor,
a otros para ver si habían visto lo que yo había visto,
comprendido lo que yo había comprendido.
Un señor mortecino trapeaba el piso.
Y otro, más allá, hablaba por celular.
Bajé la mirada, avergonzado.
Pagué. Caminé hacia la puerta.
La mansión
Mansión traslúcida,
extenuándose en las horas:
realidad.
Km. 110
Llamen al forense:
perro muerto en el kilómetro 110.
¿Que no hay tal cosa
como un forense
que atiende perros muertos
en el largo insomnio
de las carreteras?
Los perros mueren solos,
se llenan de gases, y mueren solos.
No está tan mal
este perro del km. 110
como podría uno imaginarlo.
Las horas, el sol, afeitan sus colmillos.
Sus ojos obsesivos
son casi poéticos, de ya no ver.
Su pelambre brilla
como un cristal
en la esperpéntica desolación.
Pero hay moscas, hay aves
ceremoniosas volando encima
por enésima vez
de su cuerpo engarrotado,
negras aves convencidas
esperando su turno,
con toda la paciencia de la muerte.
Las rocas observan, desesperadas,
la escena: es que no aprenden a gritar, aún.
Por lo mismo no celebran
el éxtasis de los crepúsculos
demoníacos, que se tuercen
como dolorosas iguanas.
No, no hay tal cosa
como un forense atendiendo perros muertos
en las carreteras largas como lenguas secas.
Y si existe un forense
para todos esos perros abandonados
en la sed de los desiertos,
está muerto él también.
Lo han asaltado,
le han quitado los zapatos,
lo han dejado allí, desnudo, a la intemperie,
y sus familiares lo andan buscando.
El perro se pudrirá en el km. 110.
Flores nacerán de su vientre.
